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Jóvenes y economía social: el empleo de calidad no se decreta, se construye

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Cada vez que el Servicio Público de Empleo Estatal publica un análisis sobre el empleo joven en la economía social, con perspectiva de género, se repite el mismo ritual: titulares optimistas, un par de gráficos y, a las pocas semanas, el olvido. Defiendo en esta columna una tesis incómoda: la economía social es una de las mejores herramientas que tenemos para dar a los jóvenes un primer empleo estable, pero seguirá siendo una promesa a medias mientras no tratemos la brecha de género y la precariedad como lo que son, problemas de diseño y no de mala suerte.

Una vía de entrada con ventajas reales

Cooperativas, sociedades laborales, centros especiales de empleo, empresas de inserción: el tejido de la economía social tiene rasgos que en teoría encajan con lo que necesita una persona de veinticinco años que busca su primer contrato serio. Suele apostar por la contratación indefinida, reparte el poder de decisión de forma más horizontal y, en muchos casos, arraiga el empleo en el territorio, lo que frena la fuga de talento joven desde los municipios pequeños.

Además, el modelo de socio trabajador permite algo que el mercado general raramente ofrece a un joven: participar en la propiedad y en las decisiones de la empresa desde pronto. Eso, bien hecho, es una escuela de gestión y una forma de ahorro. No es un detalle menor en un país donde el acceso a la vivienda y la emancipación dependen de tener una nómina estable.

La perspectiva de género no es un anexo

Aquí está el nudo. La economía social es un sector con presencia femenina notable, pero eso no implica por sí solo igualdad. Una plantilla con muchas mujeres puede convivir con techos de cristal en la dirección, con salarios más bajos en las categorías donde ellas se concentran y con más jornadas parciales no deseadas. Mirar el empleo joven sin desagregar por sexo, por tipo de jornada y por responsabilidad es mirar la mitad de la fotografía.

Por eso me parece acertado que organismos públicos publiquen estos análisis con enfoque de género. Pero un diagnóstico sin consecuencias es literatura. Si los datos muestran que las jóvenes entran en proporciones parecidas y se estancan antes, la respuesta no puede ser una campaña de sensibilización: tiene que traducirse en criterios de acceso a ayudas, en planes de igualdad que se auditen de verdad y en transparencia salarial que alcance también a las empresas pequeñas.

Menos incentivos de escaparate, más estabilidad medible

Los incentivos a la contratación y al emprendimiento colectivo han sido una constante de nuestras políticas de empleo. Mi crítica no es a su existencia, sino a su diseño. Una bonificación que se agota en el momento de la contratación premia el alta, no la permanencia. Sería más sensato vincular una parte del apoyo a la trayectoria: que la ayuda pese más cuando el joven sigue en la empresa y progresa, y que se evalúe con indicadores públicos y comparables, no con notas de prensa.

Hay también un obstáculo menos glamuroso: la carga administrativa. Constituir una cooperativa o una sociedad laboral, cumplir con sus obligaciones contables y fiscales y justificar subvenciones consume un tiempo que los equipos jóvenes, sin estructura, no tienen. Si queremos que la economía social escale, hay que simplificar trámites y acompañar en los primeros años, porque muchas iniciativas no mueren por falta de idea, sino por agotamiento burocrático.

Mi conclusión es sencilla. El empleo joven de calidad no se decreta: se construye con datos desagregados, incentivos ligados a la permanencia y entornos donde crear y sostener una empresa colectiva no exija ser a la vez gestor, contable y jurista. La economía social tiene la ventaja del modelo; falta que las políticas estén a su altura.

En Zythos Business vemos a diario cómo la gestión fiscal, laboral y contable decide si un proyecto pequeño prospera o se queda en el intento. Acompañamos a autónomos, pymes y entidades de economía social para que el papeleo deje de ser un freno: obligaciones al día, nóminas bien llevadas y números claros para tomar decisiones. Cuando lo administrativo funciona, el talento joven puede dedicarse a lo importante, que es trabajar y crecer.

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